“Quién como Dios, quién como nuestra Reina”
60 años de la entronización de la Imagen de san Miguel Arcángel en el Santuario Cenáculo de Bellavista.
Queridas Hermanas y Hermanos:
Hace casi un mes he comenzado con un servicio de capellanía con el Instituto de Nuestra Señora de Schoenstatt , y gracias a eso esta semana me he podido sumar a una hermosa iniciativa: Conmemorar los 60 años de la instalación de la Imagen de san Miguel Arcángel en el Santuario Cenáculo de Bellavista.
También desde hace varios años he tenido la gracia de ser capellán de la casa de las “Hermana Mayores” en Bellavista. En ese contexto ayer (28 de setiembre) pude – en el contexto de la celebración del Sacramento de la Santa Unción, conversar con la hermana Gundis, quien estuvo presente en el Santuario el día 29 de setiembre de 1951 en la ceremonia de entronización de la imagen. Ella con una lucidez hermosa – a su ya 90 años, me dijo: “A nuestro Padre le gustaba tanto esa expresión – Quién como Dios, quién como nuestra Reina - que un universitario de la juventud del P. Benito pronuncio en una oración que leyó ese día. ¡Qué bonito, qué bonito, yo estuve ahí”
Nuestro Padre, unos pocos meses después de este acto, recuerda este momento en el texto conocido como “carta a José” y que hace poco ha sido publicado en español[1]
A continuación les presento ese texto para que todos podamos unirnos a este significativo momento en el espíritu de Nuestro fundador
“Cada vez que veo, en nuestros Santuarios filiales de América Latina, a San Miguel en el lado del Evangelio; cada vez que observo la lanza o la espada que lleva en sus manos, pienso que él no sólo es custodio y vigía del Santísimo, sino también de nuestro misterio mariano. Me sucede como si escuchase de su boca no solamente la expresión “quis ut Deus", sino también "quae ut Mater et Regina ter admirabilis de Schoenstatt"[2] Mientras escribo esta idea, alguien me susurra: “Este es un pensamiento que escuché, por primera vez, en la colocación de la imagen de san Miguel en nuestro Santuario local”. E, inmediatamente, relata con entusiasmo:
Era el 29 de setiembre del año pasado, en la fiesta de san Miguel. Nosotros, los chilenos, no pudimos terminar nuestro Santuario de una vez. Tuvimos que conquistar una tras otra las distintas partes del mobiliario interior. Así es como tardó un tiempo hasta que pudimos colocar la estatua de san Miguel en su lugar. En Chile, ningún artista podía tallarla como nos hubiese gustado. Por eso, tuvimos que traerla desde Alemania. La colocación tuvo lugar en un marco de gran solemnidad. Todo el Movimiento participó en ella. Dos universitarios del círculo schoenstattiano llevaron a su lugar la estatua de san Miguel, festivamente adornada con guirnaldas. Antes ya se había cantado en español: "Pueblo, pueblo mío..." En especial la última estrofa resonaba con fuerza en nuestras filas:
-Pueblo, pueblo mío, comprométete!
Mira cómo aparece,
desde la noche de los tiempos, luminoso, para luchar con nosotros, rodeado de la luz de santas legiones, nuestro Ángel Miguel,
al servicio de Cristo y de María.
Llevando en la mano la llama de la espada, sobre el escudo la 'Gran Señal',
ante quien los espíritus infernales retroceden; surca en vuelo, venciendo con fortaleza, delante nuestro.
¡La noche se torna clara!
¡Pueblo, pueblo mío, comprométete:
funda un nuevo Reino!
Después que el Arcángel había ocupado su trono, un universitario rezó una oración compuesta por él mismo, la cual, del principio al fin, tenía esta tónica: ¿Quién es como Dios? ¿Quién es como nuestra Reina? No sólo el contenido era emocionante; más aún, me cautivaron el fuego y la convicción llena de fuerza que se percibían en el modo de rezarla.
Transcribo a continuación la oración en español y agrego después una traducción según el sentido (…). Lo hago porque veo cada vez más claro qué importancia tiene el modo latino de pensar, querer y sentir para suavizar y complementar nuestro áspero modo germánico:
¡Oh Arcángel San Miguel, vasallo fidelísimo de la Reina de los Ángeles, ante cuyo trono haces guardia, con tu espada de fuego y tu lanza invencible; déjanos repetir, en este día, tu nombre poderoso, el antiguo grito de victoria: ¡Quién como nuestro Dios!
En la Capillita de Schoenstatt, que te estaba dedicada, viste nacer un vasto Movimiento, destinado a vencer las potencias infernales; y, desde ese momento, tú, que fuiste elegido por Dios para arrojar al abismo a Lucifer y a los ángeles rebeldes, te pusiste al servicio de la Madre y Reina tres veces Admirable de Schoenstatt. Sé, pues, nuestro amparo contra la perversidad y las acechanzas del demonio, y da fuerzas a nuestro brazo para que podamos repetir contigo eternamente: ¡Quién como nuestro Dios!¡Quién como nuestra Reina!
Tú, a quien Dios eligió como custodio de su pueblo escogido en la Antigua Alianza, y a quien, llegado el tiempo, puso como custodio de la Nueva Alianza, fuiste testigo de la Alianza de Amor que la Madre tres veces Admirable selló en Schoenstatt con los congregantes héroes. Sé, pues, custodio de nuestra Alianza de Amor y danos que, a imitación tuya, seamos ejemplo de una fidelidad nunca vista, para que podamos repetir eternamente: ¡Quién como nuestro Dios!¡Quién como nuestra Reina!
Que, a ejemplo tuyo, luchemos infatigablemente al servicio de Dios; que luchemos sirviendo a nuestra Reina y que consagremos nuestras vidas a incorporar nuevas almas a la Alianza de Amor.
Oh Arcángel San Miguel, amparados con tu protección y animados por tu ejemplo, nos ponemos nuevamente al servicio de la Mater Ter Admirabilis y, llenos de alegría y de confianza, repetimos por siempre: ¡Quién como nuestro Dios!¡Quién como nuestra Reina!